Era entrada ya una noche tibia de primavera en La Habana. Con voluntad, determinación y celeridad del todo ajenas a la noche, a la primavera y a La Habana, un caballero caminaba las calles del Vedado. Alejado de la zona más frecuentada por los turistas, marchaba decidido hacia el Malecón por una calle casi desierta.
Una mujer de unos veinticinco años (y no era fea) caminaba en dirección opuesta con paso rápido como el suyo y por la misma vereda. Él apenas la miró, pero cuando se cruzaron, ella lo tomó por un instante del brazo (y era bonita) y le preguntó la hora. Se separaron en seguida, pero durante aquél instante, con su mano tibia ella se había aferrado a él con urgencia, con ansiedad, con angustia casi, como si en lugar de preguntar la hora hubiera preguntado por la hora de su muerte. El caballero caminó unos pasos, mientras la urgencia y la ansiedad y la tibieza le subían hasta el hombro. Se detuvo, se dio vuelta.
La muchacha (y era muy bonita) se había dado vuelta un instante antes, y su pollera, larga hasta los tobillos y clara y amplia y leve, giraba todavía, retrasada respecto de su dueña después de la brusca media vuelta. Entonces ella (y era hermosa), con mirada suplicante y voz de princesa encerrada en la torre más alta dijo:
-- ¡Llévame! -- y la brisa que precisamente llegaba desde el Malecón movió justo a tiempo sus cabellos negros y algo ondulados, despejando su cara apenas morena y sus bellísimos ojos negros.
¿Acaso necesita un caballero algo más para desmontar inmediatamente, trepar sin demoras hasta la ventana de la torre y allí mismo desfacer entuertos (faciendo quizás algún otro en el apuro)? Y nuestro caballero, instantes antes tan apurado, montaba, sí, el potro de la sensibilidad, el deseo y la decisión. Pero portaba también (¡ay!) la armadura de la experiencia, el esceptisimo y la desazón. De modo que cesó la brisa, y giró ella y giró luego la pollera, siguiéndola obediente, y marcharon las dos tierra adentro a estrujar otros brazos y desmontar otros cabablleros, porque él, con indiferencia, con fatalismo, con íntima tristeza, dijo solamente:
-- Once y cuarto.
jueves, 5 de febrero de 2009
viernes, 12 de diciembre de 2008
No entiendo...
...por qué sigo o seguimos escribiendo tantas palabras distintas, tantas metáforas, tantas imágenes ingeniosas o ridículas, tanta sílaba vocal consonante o disonante, si al final y al principio, por todos lados, en la playa y en el páramo, en la montaña y en el barro, con luna que calla o no, en el romántico altillo vacío o en el indescriptible sótano más vacío todavía, decimos una y otra vez, hasta la desesperación, hasta el hartazgo, todo el tiempo siempre la misma, única, idéntica, imposible cosa.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Deberías saber...
...a esta altura (y en verdad no veo la necesidad de tener que ser tan indecorosamente explícito), que te quise y que te quiero, y que has sido, y eres todavía, la persona que más angustias y alegrías me ha procurado a lo largo de mis días, y que seguirás haciéndolo, sin duda, en lo que queda de esta vida de mierda que me ha tocado vivir, como a todos nos toca.
Hay una hora de la tarde en que parece...
Hay momentos de transparencia.
Hay una puerta estrecha y alta, un tilo y una vereda muy oscura. Hay un banco de una escuela que no es la mía. Hay una rambla, una puerta baja y una vereda de baldosas rotas.
Hay una madrugada de octubre. Hay una esquina mágica, vulgar.
Hay una hora de la tarde en el bar, cuando la oscuridad empieza a ganar las calles y las almas. Hay una hora de la madrugada en verano, cuando la noche se detiene y entre los dos queda solamente su silencio transparente.
Entonces parece que va a decir algo. Parece que la luna y el perfume y la mañana. Parece que vamos a decir algo. Parece que el ave y la ternura y la semana.
Nunca lo decimos, o lo decimos infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero parece imposible, o indecible, o impensable.
Nunca. Y piensa y miro y sonríe y entristezco. Y pienso y calla y escucho y ensombrece. E insistimos y esperamos y nos levantamos y recomenzamos.
Infinitamente.
Hay una puerta estrecha y alta, un tilo y una vereda muy oscura. Hay un banco de una escuela que no es la mía. Hay una rambla, una puerta baja y una vereda de baldosas rotas.
Hay una madrugada de octubre. Hay una esquina mágica, vulgar.
Hay una hora de la tarde en el bar, cuando la oscuridad empieza a ganar las calles y las almas. Hay una hora de la madrugada en verano, cuando la noche se detiene y entre los dos queda solamente su silencio transparente.
Entonces parece que va a decir algo. Parece que la luna y el perfume y la mañana. Parece que vamos a decir algo. Parece que el ave y la ternura y la semana.
Nunca lo decimos, o lo decimos infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero parece imposible, o indecible, o impensable.
Nunca. Y piensa y miro y sonríe y entristezco. Y pienso y calla y escucho y ensombrece. E insistimos y esperamos y nos levantamos y recomenzamos.
Infinitamente.
lunes, 27 de octubre de 2008
Optimismo
- Che, acá dice que el optimismo es bueno para la salud.
- ¿Qué, es antioxidante? ¿O ayuda con el tránsito lento?
- No, en serio. Hay un estudio que dice que los optimistas viven entre siete y diez años más que los pesimistas.
- ¡Que se jodan por pelotudos!
- ¿Qué, es antioxidante? ¿O ayuda con el tránsito lento?
- No, en serio. Hay un estudio que dice que los optimistas viven entre siete y diez años más que los pesimistas.
- ¡Que se jodan por pelotudos!
lunes, 25 de agosto de 2008
La luz que nos desnuda y nos asiste
No lo creíamos posible. No lo queríamos posible.
Lo deséabamos, pero apenas como idea, como mero fantasma: la solipsista proyección de nuestra soledad. ¿Acaso tenía su rostro una forma, sus ojos un color?
Pero ahora es idea y materia, real por sí mismo. Y está frente a nosotros. ¿Qué haremos con este príncipe azul de pantalón corto y medias a rayas, con esta princesa que ronca?
Serenamente hila, devana, crea lazos (y el color del trigo). Y nosotros: gratitud y espanto. Porque nos da y nos pide tanto todo el tiempo. Porque entrega y exige. Porque contesta y pregunta. Porque abriga y desnuda.
No podríamos cortar el tenue lazo, ni quisiéramos. No nos atrevemos a estrecharlo, ni sabríamos.
Es inútil negarnos o desconocernos. Simplemente seguiremos contemplando (desde adentro) la trama del tapiz que tranquilamente teje, indiferente ante nuestra preocupación por el desvergonzado derroche de rosas y de guitarras...
Lo deséabamos, pero apenas como idea, como mero fantasma: la solipsista proyección de nuestra soledad. ¿Acaso tenía su rostro una forma, sus ojos un color?
Pero ahora es idea y materia, real por sí mismo. Y está frente a nosotros. ¿Qué haremos con este príncipe azul de pantalón corto y medias a rayas, con esta princesa que ronca?
Serenamente hila, devana, crea lazos (y el color del trigo). Y nosotros: gratitud y espanto. Porque nos da y nos pide tanto todo el tiempo. Porque entrega y exige. Porque contesta y pregunta. Porque abriga y desnuda.
No podríamos cortar el tenue lazo, ni quisiéramos. No nos atrevemos a estrecharlo, ni sabríamos.
Es inútil negarnos o desconocernos. Simplemente seguiremos contemplando (desde adentro) la trama del tapiz que tranquilamente teje, indiferente ante nuestra preocupación por el desvergonzado derroche de rosas y de guitarras...
jueves, 3 de julio de 2008
No te conoce el toro ni la higuera
Pero yo te conozco, o te conocí. ¿Por qué no alcanza con eso?
Aunque, en cierto modo, alcanza.
Aunque, en cierto modo, alcanza.
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