Sucedió que, mucho antes que Cortázar, hubo varios que descubrieron o sospecharon que existe un íntimo corazón acuoso que anima desde abajo a todas las fuentes de Roma. Entendieron de golpe cómo es que se sostienen, qué influencia evita que decaigan y se pierdan irreparablemente, qué fuerza misteriosa impide que se desintegren de manera irremediable para terminar en ruinosos montones de piedra y sal.
Se comprende que desde entonces vivieron para y por ese misterioso ente pulsátil. Se instalaron alli y dedicaron todo el tiempo posible a tratar de localizar el corazón, a escucharlo, a medirlo, a tocarlo, a sentirlo, a entender sus ritmos y latidos, a vivir sus tiempos variables pero seguros.
O tal vez no se comprende en absoluto. Después de todo, lo más razonable es suponer que no hay tal cosa. Las aguas no laten. Cada fuente tiene un destino separado de las demás. No hay ninguna influencia misteriosa que sostenga los aparentemente incansables chorros de agua.
Así se les explicó con claridad a estas personas. Pero ya sea porque el alma tiene razones que la razón no comprende, ya sea simplemente porque el alma no entiende razones de ningún tipo, aquel grupo de buscadores del corazón de las fuentes persistió en sus propósitos. Y consiguieron aún persuadir a otros, de modo que cuando los primeros se hicieron demasiado ancianos para manejar pico y pala y para descender bajo tierra y moverse entre galerías siempre húmedas y oscuras, hubo quien los reemplazara. Y los buscadores perduraron por años y años, y perduran todavía.
En vano se les repitieron una y otra vez las razones de lo absurdo de tal empresa. En vano se intentó hacerlos razonar. "Pero esa música", decían. Es imposible discutir con esas gentes. "Esa música". Y el canto que vive en la música.
De modo que ellos persistieron en su empresa. Y así hicieron cosas sublimes. E hicieron cosas despreciables.
Hoy en día, es imposible vivir en Roma. Un puñado de fuentes desperdigadas entre un montón de escombros. Casi imposible desplazarse de un punto a otro. Barro por doquier. Casas prácticamente aisladas unas de otras. Disputas feroces entre distintas facciones de los buscadores.
Aún así, sigue habiendo gente que va a vivir a Roma y se une a los buscadores. Incomprensible.
Es posible visitar Roma y hablar con los buscadores. Algunos son muy amables y conversadores, y se puede hablar con ellos durante horas. La visita vale la pena. Pero los buscadores siguen siendo inexplicables. Si se les pide razón de su búsqueda, suelen comenzar con explicaciones que ellos mismos reconocen insatisfactorias. Presionados, se limitan a señalar las fuentes. "Esa música...", dicen.
martes, 25 de mayo de 2010
martes, 20 de octubre de 2009
Lo que sé
Entre tantas cosas que no sé, sé algunas cosas.
Yo sé leer, andar en bicicleta, sentir el viento en la cara y mirar la lluvia. Sé (en algunas mañanas grises) caminar despacio rodeado del crujido de las hojas secas.
Sé pasar horas delante de una computadora, trabajando y no. Sé cantar una canción de cuna. Sé esperar, a veces, y, a veces, perseverar.
Yo sé mirar el cielo algunas tardes de invierno, cuando esta muy celeste y afuera sopla un viento frío como la soledad. Sé mirar el cielo algunas noches de verano, cuando las estrellas invitan a hacerse preguntas.
Sé usar palabras difíciles, como ergodicidad, aunque no sepa usar palabras fáciles, como gracias. Sé que he tenido mas suerte que la mayoria. Sé ver lo que está mal sin saber hacerlo bien.
Supe otras cosas que los años me han quitado. Supe jugar a la pelota, buscar caracoles. Supe ver los meses y los días de la semana. Supe de autos, de fútbol, de estrellas asombrosamente viejas y lejanas. Supe cosas que ni recuerdo haber sabido. Y supe soñar y creer en Dios y en la bondad de los hombres.
Hoy sé lo que experimenta el que se siente aplastado por un mundo demasiado grande para su inteligencia.
Sé que las cosas no son de una manera, sino que están de una manera.
Sé que casi todo es inútil.
Y sé que en algún lado, muy lejos, hay una parte de mí que se que ha quedado sola para siempre.
Yo sé leer, andar en bicicleta, sentir el viento en la cara y mirar la lluvia. Sé (en algunas mañanas grises) caminar despacio rodeado del crujido de las hojas secas.
Sé pasar horas delante de una computadora, trabajando y no. Sé cantar una canción de cuna. Sé esperar, a veces, y, a veces, perseverar.
Yo sé mirar el cielo algunas tardes de invierno, cuando esta muy celeste y afuera sopla un viento frío como la soledad. Sé mirar el cielo algunas noches de verano, cuando las estrellas invitan a hacerse preguntas.
Sé usar palabras difíciles, como ergodicidad, aunque no sepa usar palabras fáciles, como gracias. Sé que he tenido mas suerte que la mayoria. Sé ver lo que está mal sin saber hacerlo bien.
Supe otras cosas que los años me han quitado. Supe jugar a la pelota, buscar caracoles. Supe ver los meses y los días de la semana. Supe de autos, de fútbol, de estrellas asombrosamente viejas y lejanas. Supe cosas que ni recuerdo haber sabido. Y supe soñar y creer en Dios y en la bondad de los hombres.
Hoy sé lo que experimenta el que se siente aplastado por un mundo demasiado grande para su inteligencia.
Sé que las cosas no son de una manera, sino que están de una manera.
Sé que casi todo es inútil.
Y sé que en algún lado, muy lejos, hay una parte de mí que se que ha quedado sola para siempre.
jueves, 5 de febrero de 2009
Cuento sin torre y sin princesa
Era entrada ya una noche tibia de primavera en La Habana. Con voluntad, determinación y celeridad del todo ajenas a la noche, a la primavera y a La Habana, un caballero caminaba las calles del Vedado. Alejado de la zona más frecuentada por los turistas, marchaba decidido hacia el Malecón por una calle casi desierta.
Una mujer de unos veinticinco años (y no era fea) caminaba en dirección opuesta con paso rápido como el suyo y por la misma vereda. Él apenas la miró, pero cuando se cruzaron, ella lo tomó por un instante del brazo (y era bonita) y le preguntó la hora. Se separaron en seguida, pero durante aquél instante, con su mano tibia ella se había aferrado a él con urgencia, con ansiedad, con angustia casi, como si en lugar de preguntar la hora hubiera preguntado por la hora de su muerte. El caballero caminó unos pasos, mientras la urgencia y la ansiedad y la tibieza le subían hasta el hombro. Se detuvo, se dio vuelta.
La muchacha (y era muy bonita) se había dado vuelta un instante antes, y su pollera, larga hasta los tobillos y clara y amplia y leve, giraba todavía, retrasada respecto de su dueña después de la brusca media vuelta. Entonces ella (y era hermosa), con mirada suplicante y voz de princesa encerrada en la torre más alta dijo:
-- ¡Llévame! -- y la brisa que precisamente llegaba desde el Malecón movió justo a tiempo sus cabellos negros y algo ondulados, despejando su cara apenas morena y sus bellísimos ojos negros.
¿Acaso necesita un caballero algo más para desmontar inmediatamente, trepar sin demoras hasta la ventana de la torre y allí mismo desfacer entuertos (faciendo quizás algún otro en el apuro)? Y nuestro caballero, instantes antes tan apurado, montaba, sí, el potro de la sensibilidad, el deseo y la decisión. Pero portaba también (¡ay!) la armadura de la experiencia, el esceptisimo y la desazón. De modo que cesó la brisa, y giró ella y giró luego la pollera, siguiéndola obediente, y marcharon las dos tierra adentro a estrujar otros brazos y desmontar otros cabablleros, porque él, con indiferencia, con fatalismo, con íntima tristeza, dijo solamente:
-- Once y cuarto.
Una mujer de unos veinticinco años (y no era fea) caminaba en dirección opuesta con paso rápido como el suyo y por la misma vereda. Él apenas la miró, pero cuando se cruzaron, ella lo tomó por un instante del brazo (y era bonita) y le preguntó la hora. Se separaron en seguida, pero durante aquél instante, con su mano tibia ella se había aferrado a él con urgencia, con ansiedad, con angustia casi, como si en lugar de preguntar la hora hubiera preguntado por la hora de su muerte. El caballero caminó unos pasos, mientras la urgencia y la ansiedad y la tibieza le subían hasta el hombro. Se detuvo, se dio vuelta.
La muchacha (y era muy bonita) se había dado vuelta un instante antes, y su pollera, larga hasta los tobillos y clara y amplia y leve, giraba todavía, retrasada respecto de su dueña después de la brusca media vuelta. Entonces ella (y era hermosa), con mirada suplicante y voz de princesa encerrada en la torre más alta dijo:
-- ¡Llévame! -- y la brisa que precisamente llegaba desde el Malecón movió justo a tiempo sus cabellos negros y algo ondulados, despejando su cara apenas morena y sus bellísimos ojos negros.
¿Acaso necesita un caballero algo más para desmontar inmediatamente, trepar sin demoras hasta la ventana de la torre y allí mismo desfacer entuertos (faciendo quizás algún otro en el apuro)? Y nuestro caballero, instantes antes tan apurado, montaba, sí, el potro de la sensibilidad, el deseo y la decisión. Pero portaba también (¡ay!) la armadura de la experiencia, el esceptisimo y la desazón. De modo que cesó la brisa, y giró ella y giró luego la pollera, siguiéndola obediente, y marcharon las dos tierra adentro a estrujar otros brazos y desmontar otros cabablleros, porque él, con indiferencia, con fatalismo, con íntima tristeza, dijo solamente:
-- Once y cuarto.
Etiquetas:
ejercicios,
optimismo,
proyectos
viernes, 12 de diciembre de 2008
No entiendo...
...por qué sigo o seguimos escribiendo tantas palabras distintas, tantas metáforas, tantas imágenes ingeniosas o ridículas, tanta sílaba vocal consonante o disonante, si al final y al principio, por todos lados, en la playa y en el páramo, en la montaña y en el barro, con luna que calla o no, en el romántico altillo vacío o en el indescriptible sótano más vacío todavía, decimos una y otra vez, hasta la desesperación, hasta el hartazgo, todo el tiempo siempre la misma, única, idéntica, imposible cosa.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Deberías saber...
...a esta altura (y en verdad no veo la necesidad de tener que ser tan indecorosamente explícito), que te quise y que te quiero, y que has sido, y eres todavía, la persona que más angustias y alegrías me ha procurado a lo largo de mis días, y que seguirás haciéndolo, sin duda, en lo que queda de esta vida de mierda que me ha tocado vivir, como a todos nos toca.
Hay una hora de la tarde en que parece...
Hay momentos de transparencia.
Hay una puerta estrecha y alta, un tilo y una vereda muy oscura. Hay un banco de una escuela que no es la mía. Hay una rambla, una puerta baja y una vereda de baldosas rotas.
Hay una madrugada de octubre. Hay una esquina mágica, vulgar.
Hay una hora de la tarde en el bar, cuando la oscuridad empieza a ganar las calles y las almas. Hay una hora de la madrugada en verano, cuando la noche se detiene y entre los dos queda solamente su silencio transparente.
Entonces parece que va a decir algo. Parece que la luna y el perfume y la mañana. Parece que vamos a decir algo. Parece que el ave y la ternura y la semana.
Nunca lo decimos, o lo decimos infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero parece imposible, o indecible, o impensable.
Nunca. Y piensa y miro y sonríe y entristezco. Y pienso y calla y escucho y ensombrece. E insistimos y esperamos y nos levantamos y recomenzamos.
Infinitamente.
Hay una puerta estrecha y alta, un tilo y una vereda muy oscura. Hay un banco de una escuela que no es la mía. Hay una rambla, una puerta baja y una vereda de baldosas rotas.
Hay una madrugada de octubre. Hay una esquina mágica, vulgar.
Hay una hora de la tarde en el bar, cuando la oscuridad empieza a ganar las calles y las almas. Hay una hora de la madrugada en verano, cuando la noche se detiene y entre los dos queda solamente su silencio transparente.
Entonces parece que va a decir algo. Parece que la luna y el perfume y la mañana. Parece que vamos a decir algo. Parece que el ave y la ternura y la semana.
Nunca lo decimos, o lo decimos infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero parece imposible, o indecible, o impensable.
Nunca. Y piensa y miro y sonríe y entristezco. Y pienso y calla y escucho y ensombrece. E insistimos y esperamos y nos levantamos y recomenzamos.
Infinitamente.
lunes, 27 de octubre de 2008
Optimismo
- Che, acá dice que el optimismo es bueno para la salud.
- ¿Qué, es antioxidante? ¿O ayuda con el tránsito lento?
- No, en serio. Hay un estudio que dice que los optimistas viven entre siete y diez años más que los pesimistas.
- ¡Que se jodan por pelotudos!
- ¿Qué, es antioxidante? ¿O ayuda con el tránsito lento?
- No, en serio. Hay un estudio que dice que los optimistas viven entre siete y diez años más que los pesimistas.
- ¡Que se jodan por pelotudos!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)