Siempre vivió de alguna manera preocupado por el aire, pidiendo más aire.
Para cambiar de aire se fue España. Conocio a una gallega que trabajaba para Greenpeace y juntos recorrieron el mundo haciendo campaña por energias limpias, para conservar limpio el aire que todos respiramos.
Pero la relación lo asfixió. El carácter fuerte de ella y alguna tendencia a los celos lo empujó a seguir su camino solo: "necesito aire".
Volvió. Consiguió trabajo en una imprenta que funcionaba en un sótano. Pero aguantó poco el aire húmedo y cargado de vapores y se fue a probar suerte a la costa, donde pudiera disfrutar del aire de mar. Trabajó bien durante el verano vendiendo globos de gas en la playa. Pero al terminar la temporada el negocio se quedó sin aire.
Se fue a la montaña, a Cuyo. A un lugar retirado, a vivir con lo mínimo y a disfrutar del aire de montaña y de su recién descubierta pasión por el andinismo.
Y recién ahora, cuando sólo encuentra aire bajo sus pies, se da cuenta de la falta que hacen los otros tres elementos.
martes 16 de noviembre de 2010
lunes 25 de octubre de 2010
Sensación
Demasiado seguido sucede
que todo pende de cosas más frágiles que un hilo
una palabra, un perfume
una hoja de otoño o un papel amarillento
cosas así
así de inofensivas
así de terribles.
lunes 7 de junio de 2010
Una tarde
Esperar en vano
y llover entero
y beber el cielo
y vaciar el frasco de los recuerdos
gota a gota
como si no importara.
y llover entero
y beber el cielo
y vaciar el frasco de los recuerdos
gota a gota
como si no importara.
martes 25 de mayo de 2010
Fontane di Roma
Sucedió que, mucho antes que Cortázar, hubo varios que descubrieron o sospecharon que existe un íntimo corazón acuoso que anima desde abajo a todas las fuentes de Roma. Entendieron de golpe cómo es que se sostienen, qué influencia evita que decaigan y se pierdan irreparablemente, qué fuerza misteriosa impide que se desintegren de manera irremediable para terminar en ruinosos montones de piedra y sal.
Se comprende que desde entonces vivieron para y por ese misterioso ente pulsátil. Se instalaron alli y dedicaron todo el tiempo posible a tratar de localizar el corazón, a escucharlo, a medirlo, a tocarlo, a sentirlo, a entender sus ritmos y latidos, a vivir sus tiempos variables pero seguros.
O tal vez no se comprende en absoluto. Después de todo, lo más razonable es suponer que no hay tal cosa. Las aguas no laten. Cada fuente tiene un destino separado de las demás. No hay ninguna influencia misteriosa que sostenga los aparentemente incansables chorros de agua.
Así se les explicó con claridad a estas personas. Pero ya sea porque el alma tiene razones que la razón no comprende, ya sea simplemente porque el alma no entiende razones de ningún tipo, aquel grupo de buscadores del corazón de las fuentes persistió en sus propósitos. Y consiguieron aún persuadir a otros, de modo que cuando los primeros se hicieron demasiado ancianos para manejar pico y pala y para descender bajo tierra y moverse entre galerías siempre húmedas y oscuras, hubo quien los reemplazara. Y los buscadores perduraron por años y años, y perduran todavía.
En vano se les repitieron una y otra vez las razones de lo absurdo de tal empresa. En vano se intentó hacerlos razonar. "Pero esa música", decían. Es imposible discutir con esas gentes. "Esa música". Y el canto que vive en la música.
De modo que ellos persistieron en su empresa. Y así hicieron cosas sublimes. E hicieron cosas despreciables.
Hoy en día, es imposible vivir en Roma. Un puñado de fuentes desperdigadas entre un montón de escombros. Casi imposible desplazarse de un punto a otro. Barro por doquier. Casas prácticamente aisladas unas de otras. Disputas feroces entre distintas facciones de los buscadores.
Aún así, sigue habiendo gente que va a vivir a Roma y se une a los buscadores. Incomprensible.
Es posible visitar Roma y hablar con los buscadores. Algunos son muy amables y conversadores, y se puede hablar con ellos durante horas. La visita vale la pena. Pero los buscadores siguen siendo inexplicables. Si se les pide razón de su búsqueda, suelen comenzar con explicaciones que ellos mismos reconocen insatisfactorias. Presionados, se limitan a señalar las fuentes. "Esa música...", dicen.
Se comprende que desde entonces vivieron para y por ese misterioso ente pulsátil. Se instalaron alli y dedicaron todo el tiempo posible a tratar de localizar el corazón, a escucharlo, a medirlo, a tocarlo, a sentirlo, a entender sus ritmos y latidos, a vivir sus tiempos variables pero seguros.
O tal vez no se comprende en absoluto. Después de todo, lo más razonable es suponer que no hay tal cosa. Las aguas no laten. Cada fuente tiene un destino separado de las demás. No hay ninguna influencia misteriosa que sostenga los aparentemente incansables chorros de agua.
Así se les explicó con claridad a estas personas. Pero ya sea porque el alma tiene razones que la razón no comprende, ya sea simplemente porque el alma no entiende razones de ningún tipo, aquel grupo de buscadores del corazón de las fuentes persistió en sus propósitos. Y consiguieron aún persuadir a otros, de modo que cuando los primeros se hicieron demasiado ancianos para manejar pico y pala y para descender bajo tierra y moverse entre galerías siempre húmedas y oscuras, hubo quien los reemplazara. Y los buscadores perduraron por años y años, y perduran todavía.
En vano se les repitieron una y otra vez las razones de lo absurdo de tal empresa. En vano se intentó hacerlos razonar. "Pero esa música", decían. Es imposible discutir con esas gentes. "Esa música". Y el canto que vive en la música.
De modo que ellos persistieron en su empresa. Y así hicieron cosas sublimes. E hicieron cosas despreciables.
Hoy en día, es imposible vivir en Roma. Un puñado de fuentes desperdigadas entre un montón de escombros. Casi imposible desplazarse de un punto a otro. Barro por doquier. Casas prácticamente aisladas unas de otras. Disputas feroces entre distintas facciones de los buscadores.
Aún así, sigue habiendo gente que va a vivir a Roma y se une a los buscadores. Incomprensible.
Es posible visitar Roma y hablar con los buscadores. Algunos son muy amables y conversadores, y se puede hablar con ellos durante horas. La visita vale la pena. Pero los buscadores siguen siendo inexplicables. Si se les pide razón de su búsqueda, suelen comenzar con explicaciones que ellos mismos reconocen insatisfactorias. Presionados, se limitan a señalar las fuentes. "Esa música...", dicen.
martes 20 de octubre de 2009
Lo que sé
Entre tantas cosas que no sé, sé algunas cosas.
Yo sé leer, andar en bicicleta, sentir el viento en la cara y mirar la lluvia. Sé (en algunas mañanas grises) caminar despacio rodeado del crujido de las hojas secas.
Sé pasar horas delante de una computadora, trabajando y no. Sé cantar una canción de cuna. Sé esperar, a veces, y, a veces, perseverar.
Yo sé mirar el cielo algunas tardes de invierno, cuando esta muy celeste y afuera sopla un viento frío como la soledad. Sé mirar el cielo algunas noches de verano, cuando las estrellas invitan a hacerse preguntas.
Sé usar palabras difíciles, como ergodicidad, aunque no sepa usar palabras fáciles, como gracias. Sé que he tenido mas suerte que la mayoria. Sé ver lo que está mal sin saber hacerlo bien.
Supe otras cosas que los años me han quitado. Supe jugar a la pelota, buscar caracoles. Supe ver los meses y los días de la semana. Supe de autos, de fútbol, de estrellas asombrosamente viejas y lejanas. Supe cosas que ni recuerdo haber sabido. Y supe soñar y creer en Dios y en la bondad de los hombres.
Hoy sé lo que experimenta el que se siente aplastado por un mundo demasiado grande para su inteligencia.
Sé que las cosas no son de una manera, sino que están de una manera.
Sé que casi todo es inútil.
Y sé que en algún lado, muy lejos, hay una parte de mí que se que ha quedado sola para siempre.
Yo sé leer, andar en bicicleta, sentir el viento en la cara y mirar la lluvia. Sé (en algunas mañanas grises) caminar despacio rodeado del crujido de las hojas secas.
Sé pasar horas delante de una computadora, trabajando y no. Sé cantar una canción de cuna. Sé esperar, a veces, y, a veces, perseverar.
Yo sé mirar el cielo algunas tardes de invierno, cuando esta muy celeste y afuera sopla un viento frío como la soledad. Sé mirar el cielo algunas noches de verano, cuando las estrellas invitan a hacerse preguntas.
Sé usar palabras difíciles, como ergodicidad, aunque no sepa usar palabras fáciles, como gracias. Sé que he tenido mas suerte que la mayoria. Sé ver lo que está mal sin saber hacerlo bien.
Supe otras cosas que los años me han quitado. Supe jugar a la pelota, buscar caracoles. Supe ver los meses y los días de la semana. Supe de autos, de fútbol, de estrellas asombrosamente viejas y lejanas. Supe cosas que ni recuerdo haber sabido. Y supe soñar y creer en Dios y en la bondad de los hombres.
Hoy sé lo que experimenta el que se siente aplastado por un mundo demasiado grande para su inteligencia.
Sé que las cosas no son de una manera, sino que están de una manera.
Sé que casi todo es inútil.
Y sé que en algún lado, muy lejos, hay una parte de mí que se que ha quedado sola para siempre.
jueves 5 de febrero de 2009
Cuento sin torre y sin princesa
Era entrada ya una noche tibia de primavera en La Habana. Con voluntad, determinación y celeridad del todo ajenas a la noche, a la primavera y a La Habana, un caballero caminaba las calles del Vedado. Alejado de la zona más frecuentada por los turistas, marchaba decidido hacia el Malecón por una calle casi desierta.
Una mujer de unos veinticinco años (y no era fea) caminaba en dirección opuesta con paso rápido como el suyo y por la misma vereda. Él apenas la miró, pero cuando se cruzaron, ella lo tomó por un instante del brazo (y era bonita) y le preguntó la hora. Se separaron en seguida, pero durante aquél instante, con su mano tibia ella se había aferrado a él con urgencia, con ansiedad, con angustia casi, como si en lugar de preguntar la hora hubiera preguntado por la hora de su muerte. El caballero caminó unos pasos, mientras la urgencia y la ansiedad y la tibieza le subían hasta el hombro. Se detuvo, se dio vuelta.
La muchacha (y era muy bonita) se había dado vuelta un instante antes, y su pollera, larga hasta los tobillos y clara y amplia y leve, giraba todavía, retrasada respecto de su dueña después de la brusca media vuelta. Entonces ella (y era hermosa), con mirada suplicante y voz de princesa encerrada en la torre más alta dijo:
-- ¡Llévame! -- y la brisa que precisamente llegaba desde el Malecón movió justo a tiempo sus cabellos negros y algo ondulados, despejando su cara apenas morena y sus bellísimos ojos negros.
¿Acaso necesita un caballero algo más para desmontar inmediatamente, trepar sin demoras hasta la ventana de la torre y allí mismo desfacer entuertos (faciendo quizás algún otro en el apuro)? Y nuestro caballero, instantes antes tan apurado, montaba, sí, el potro de la sensibilidad, el deseo y la decisión. Pero portaba también (¡ay!) la armadura de la experiencia, el esceptisimo y la desazón. De modo que cesó la brisa, y giró ella y giró luego la pollera, siguiéndola obediente, y marcharon las dos tierra adentro a estrujar otros brazos y desmontar otros cabablleros, porque él, con indiferencia, con fatalismo, con íntima tristeza, dijo solamente:
-- Once y cuarto.
Una mujer de unos veinticinco años (y no era fea) caminaba en dirección opuesta con paso rápido como el suyo y por la misma vereda. Él apenas la miró, pero cuando se cruzaron, ella lo tomó por un instante del brazo (y era bonita) y le preguntó la hora. Se separaron en seguida, pero durante aquél instante, con su mano tibia ella se había aferrado a él con urgencia, con ansiedad, con angustia casi, como si en lugar de preguntar la hora hubiera preguntado por la hora de su muerte. El caballero caminó unos pasos, mientras la urgencia y la ansiedad y la tibieza le subían hasta el hombro. Se detuvo, se dio vuelta.
La muchacha (y era muy bonita) se había dado vuelta un instante antes, y su pollera, larga hasta los tobillos y clara y amplia y leve, giraba todavía, retrasada respecto de su dueña después de la brusca media vuelta. Entonces ella (y era hermosa), con mirada suplicante y voz de princesa encerrada en la torre más alta dijo:
-- ¡Llévame! -- y la brisa que precisamente llegaba desde el Malecón movió justo a tiempo sus cabellos negros y algo ondulados, despejando su cara apenas morena y sus bellísimos ojos negros.
¿Acaso necesita un caballero algo más para desmontar inmediatamente, trepar sin demoras hasta la ventana de la torre y allí mismo desfacer entuertos (faciendo quizás algún otro en el apuro)? Y nuestro caballero, instantes antes tan apurado, montaba, sí, el potro de la sensibilidad, el deseo y la decisión. Pero portaba también (¡ay!) la armadura de la experiencia, el esceptisimo y la desazón. De modo que cesó la brisa, y giró ella y giró luego la pollera, siguiéndola obediente, y marcharon las dos tierra adentro a estrujar otros brazos y desmontar otros cabablleros, porque él, con indiferencia, con fatalismo, con íntima tristeza, dijo solamente:
-- Once y cuarto.
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viernes 12 de diciembre de 2008
No entiendo...
...por qué sigo o seguimos escribiendo tantas palabras distintas, tantas metáforas, tantas imágenes ingeniosas o ridículas, tanta sílaba vocal consonante o disonante, si al final y al principio, por todos lados, en la playa y en el páramo, en la montaña y en el barro, con luna que calla o no, en el romántico altillo vacío o en el indescriptible sótano más vacío todavía, decimos una y otra vez, hasta la desesperación, hasta el hartazgo, todo el tiempo siempre la misma, única, idéntica, imposible cosa.
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